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Enseñanza vs. Aprendizaje

El siguiente artículo elaborado por Matko Koljatic, Profesor de la Escuela de Administración UC, señala que se ha convertido en un lugar común exigir calidad en la educación. Pero, ¿de qué se habla cuando se habla de calidad en la educación? Sospecho que no hay consenso en las respuestas de aquellos que hacen la exigencia repitiendo una y otra vez el concepto como un mantra respecto a lo que están demandando.

Por lo mismo, es importante destacar que el Estado ha dado una respuesta a la pregunta a través de la ley 20.529, promulgada a mediados del año 2011, que estableció el ‘Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Parvularia, Básica y Media y su fiscalización’, y en particular dio vida a dos instituciones para el aseguramiento de la calidad de la educación: la Agencia de Calidad de la Educación y la Superintendencia de Educación. Esta ley orienta el quehacer de nuestros educadores en los niveles de educación pre-básica, básica y media, en la aspiración de mejorar la educación en el país. Veamos por qué en dos aspectos claves de dicha ley.

La ley brinda una excelente definición, en su primer artículo, de lo que es educación diciendo: “se entenderá por educación el proceso de aprendizaje permanente que abarca las distintas etapas de la vida de las personas y que tiene como finalidad alcanzar su desarrollo espiritual, ético, moral, afectivo, intelectual, artístico y físico, mediante la transmisión y el cultivo de valores, conocimientos y destrezas”. Más adelante indica el objetivo a alcanzar en que, en lo principal, dice: “El Sistema actuará sobre la educación formal… para lograr la mejora continua de los aprendizajes de los alumnos”. Ambas definiciones son bienvenidas pues dan el marco normativo que debe alimentar el aseguramiento de la calidad.

Un segundo punto importante, y que se desprende de las definiciones anteriores, es que para que haya “buena educación” tiene que haber aprendizaje, algo que pareciera evidente, pero que no se corresponde con el paradigma pedagógico dominante por el cual quien educa debe transmitir conocimientos (enseñar) y es responsabilidad de quien estudia, procesar, clasificar, retener y aplicar dichos conocimientos (aprender). Esta asociación de la calidad educacional con la enseñanza y no con el aprendizaje, se aprecia nítidamente, por ejemplo, en las evaluaciones de calidad en la educación superior en Chile, las acreditaciones, normadas por una ley más antigua (la ley 20.129 del 2006). En estas últimas, la evaluación de la calidad educacional se centra en la verificación de los propósitos, políticas y mecanismos de enseñanza. Por lo mismo, el foco de las acreditaciones está puesto más en los procesos de enseñanza que en los resultados.

En resumen, el modelo dominante hasta ahora decía que el trabajo del profesor es enseñar y el de los alumnos aprender. Este paradigma es el que está siendo cambiado por la ley 20.529, ya que es responsabilidad de los establecimientos educacionales que los alumnos aprendan y por ende, ese trabajo se materializa en el desempeño de los profesores en el aula (Ver figura).

 

¿Qué implicancias tiene entender la educación como un “proceso de aprendizaje” y no como un “proceso de enseñanza”?

En primer lugar, los docentes tienen que dejar de “pasar materia”, cambiando el foco de atención de las actividades docentes – la enseñanza - a los resultados en el estudiante– el aprendizaje-. Este paradigma, habitualmente denominado ‘aprendizaje centrado en el estudiante’, asume que el único  aprendizaje que influencia significativamente las conductas (y la educación) es el auto descubrimiento y considera a los estudiantes como partícipes activos – y no pasivos – del proceso. Para ello, los alumnos se deben preparar estudiando la materia anticipadamente, guiados por el profesor, y en clases solo se discute dudas, se analiza evidencias, se investiga y experimenta. Por lo mismo, la docencia en aula pasa a ser menos discursiva y más dialogante. En mi experiencia, los alumnos aprecian enormemente cuando son sujetos activos y participan. Así es como crece la motivación de los estudiantes, las clases son más entretenidas y los alumnos aprenden más. Por cierto, esto tiene costos ya que una clase así toma más tiempo de preparación para el docente, por lo que se requiere disminuir las horas de clases de los profesores y aumentar las horas dedicadas a la planificación.

En segundo lugar, focalizar la atención en los aprendizajes permite evaluar mejor. Como lo especifica la ley 20.529, la evaluación se puede hacer a través de “procesos de autoevaluación, evaluación externa, inspección, pruebas externas de carácter censal”. A partir de los resultados se puede elaborar e implementar como dice la ley: “planes de mejora educativa a nivel de establecimientos que permitan desarrollar sus fortalezas y superar sus debilidades” con lo que se cierra el círculo de la calidad.

Finalmente, hay que reconocer que en educación los plazos de logro son largos, obteniéndose resultados en décadas. El país, sin embargo, no se puede dar el lujo de esperar pacientemente que lleguen nuevas generaciones de profesores educados bajo esta nueva mirada. Por ello, es imperativo que las universidades implementen programas para reeducar a los profesores que actualmente “enseñan” para que ellos también aprendan las ciencias y artes del nuevo paradigma del aprendizaje.